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Ciudadanos al poder

Un abrazo a Alonso Lujambio

Que Isabel Miranda de Wallace haya aceptado la candidatura del PAN para contender por el gobierno del Distrito Federal ha generado una sana reflexión sobre la posición de ciudadanos apartidistas (genéricamente mal llamamos “ciudadanos”, a secas) frente al poder. En estricto sentido, los políticos profesionales son también ciudadanos que han decidido hacer carrera política (normalmente dentro de los partidos). No pertenecen a una raza distinta del resto de ciudadanos; los vicios y deficiencias que denunciamos no sólo están en ellos sino en todos y tienen que ver  menos con la calidad moral (o inmoral) del ciudadano promedio (se meta o no a político) y más con las reglas que prevalecen en nuestro sistema político. Justo la democracia parte del egoísmo intrínseco de los hombres, de sus tentaciones y ambiciones, y por ello para amainar su propensión a abusar del poder, estableció controles institucionales, división de poder, pesos y contrapesos, vigilancia mutua, mecanismos que obligan a rendir cuentas, sanciones políticas y legales. El arreglo democrático grita su desconfianza por los hombres, sobre todo por los tienen poder formal; líderes, dirigentes, legisladores y gobernantes. Cualquier ciudadano que entra por primera vez a la política formal está expuesto a caer en esas tentaciones, incluso los que hayan mostrado honestidad y mesura hasta ese momento. Me viene a la cabeza la anécdota en que a Gustavo Díaz Ordaz se le recomendaba una persona para ocupar un cargo financiero y se le aseguraba que era un ciudadano honesto. Preguntó si ya había tenido un cargo similar. No, le aclararon; “Entonces no sabemos sobre si es honesto”, respondió. De ahí que Maquiavelo aconseja no confiar demasiado en tales ciudadanos ejemplares y mejor fortalecer las instituciones democráticas para obligarlos a mantenerse dentro de ciertos límites.

La candidatura de Isabel Miranda suscita algunas reflexiones: 1) El PAN estaba desesperado, pues su caballada capitalina era incluso más flaca que la federal, que ya es decir. Al grado incluso de aceptar que Isabel Miranda mantenga posiciones diferentes en el tema de libertades de conciencia, tan caro a ese partido. Nuevo oportunismo partidario de transigir en el ideario con tal de obtener votos (y la jugada ha funcionado). 2) Hay dos posibles interpretaciones cuando un ciudadano apartidista acepta contender bajo las siglas de un partido; A) se da la bienvenida a la decisión, bajo la premisa – parcialmente falsa – de que el problema consiste en la calidad de los políticos, y se asume que desde el  poder los apartidistas harán lo que los políticos no han querido; B) Pero se puede considerar que las ambiciones particulares de ese ciudadano lo llevan a aceptar dicha oferta, como ocurría con los críticos del PRI que decidían incorporarse a ese partido para cambiar las cosas “desde adentro”. Eso fue conocido como “cooptación”, en que el recién ingresado, más que cambiar “desde adentro” al régimen, era domesticado por él. 

3) Por lo cual, quienes desde la sociedad civil denuncian y critican a los partidos y exigen cambios que permitan mayor democracia, mayor representatividad y rendición eficaz de cuentas, resultan sospechosos de haber claudicado cuando aceptan cargos o candidaturas antes de que dichos cambios hayan tenido lugar. 4) Lo cual, en una sociedad tan suspicaz como ésta, genera la idea de que quienes defienden causas cívicas y sociales no lo hacen por genuina convicción, sino como plataforma para saltar a la política profesional (partidista o no) por la vía corta (sin tener que hace fila). De ahí que, desde que Javier Sicilia llegó a la palestra pública surgieron sospechas de que en realidad buscaba un cargo político, lucrando con su tragedia personal, lo que él ha negado. Fue congruente al rechazar la invitación que el PRD le extendió para ocupar una senaduría. 5) No es la calidad humana y moral en los políticos profesionales lo que puede mejorar la vida política, sino cambiar las reglas del juego para dar a los ciudadanos instrumentos adecuados para exigir cuentas, premiar o castigar a sus representantes y gobernantes, sean éstos partidistas o no, que es lo de menos. 6) Finalmente, si bien es deseable la presencia de honestidad y congruencia en los políticos, no basta con eso; se trata de una profesión como otras que requieren de experiencia y trayectoria en las funciones que piensan desempeñar. No es el caso de Isabel Miranda, quien difícilmente podrá ganar al gobierno capitalino y en cambio habrá perdido cierta credibilidad como líder cívica. 

cres5501@hotmail.com

Investigador del CIDE. 

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