Norma contra modernismo
El debate de quien habla correctamente y quien no; qué es lo correcto y qué no, se repite una y otra vez en aquellos que discuten sobre el idioma. El asunto se complica porque la gramática es ahora básicamente descriptiva. Su carácter normativo –orgullo en otros tiempos– ha pasado a segundo plano. Ahora entre los académicos es más común declarar que «lo recomendable es así», cuando anteriormente se aseguraba «es así, de acuerdo a la norma».
El barbarismo se ha extendido de tal forma que es prácticamente imposible que la forma correcta se imponga. Entonces, tarde o temprano, esa incorrección será parte del diccionario oficial, como ha sucedido con cientos de palabras trastocadas como «murciélago», «cocodrilo» y «güey».
Los académicos ya desde hace algún tiempo abandonaron el carácter normativo. Evitan ahora dictar normas. Ello no significa ausencia preceptiva en la gramática. Simplemente, las academias de la Lengua ya no imponen. El aspecto descriptivo es más propio de cualquier otra ciencia. Esto es, como cualquier rama científica, el estudioso de una materia debe descubrir y describir las leyes que caracterizan a su objeto de estudio. Ninguna ciencia obliga a su objeto de estudio a comportarse de tal o cual forma. Por tanto, la gramática –congruente con ese principio– tiene un perfil más descriptivo. Leyes del lenguaje hay; pero no impuestas por el académico, sino por el desarrollo histórico de cómo las personas han usado el idioma. Entonces, los hombres de una sociedad, en un momento, deben conciliar entre las bases gramaticales (producto histórico) con las necesidades prácticas y objetivas del momento.
Las impropiedades o barbarismos son tales porque contradicen las bases gramaticales; pero socialmente en ocasiones se debe recurrir a ellas para que se comprenda un mensaje. Por ejemplo, en México es común para que una persona esté alerta, se le diga «ponte *abusado». Se trata de una corrupción de «aguzado», participio de «aguzar» (el DRAE en su acepción cinco define este verbo como: «despabilar, afinar, forzar el entendimiento o un sentido, para que preste más atención o se haga más perspicaz»). Sin embargo, si una persona dice a otra, «ponte aguzado» (apegado a la norma), difícilmente entenderá el mensaje. El barbarismo se ha extendido de tal forma que es prácticamente imposible que la forma correcta se imponga. Entonces, tarde o temprano, esa incorrección será parte del diccionario oficial, como ha sucedido con cientos de palabras trastocadas como «murciélago», «cocodrilo» y «güey».
El que la gramática tenga mayor sentido descriptivo resta rigidez a la evolución del idioma, pero al mismo tiempo desprotege a quien busca apegarse a la norma. El usuario del idioma debe conciliar entre lo que socialmente es costumbre en su localidad y lo que la gramática recomienda. En momentos debe sacrificar lo académico a favor del mensaje. En contraparte, apegarse a la norma permite la comunicación más eficiente y efectiva con mayor número de hablantes (alrededor de 500 millones), pues la gramática describe la forma genérica del idioma, pero resta naturalidad a la comunicación.
La gramática, entonces, asume la tarea de describir la lógica que caracteriza al idioma. Enuncia esa lógica en normas que recomienda a los usuarios para que mejoren su comunicación. Pero, como la lengua es un elemento vivo, en constante evolución, el hablante debe incorporar los novedosos estilos y formas (a pesar de que no estén incorporados, pero tarde o temprano lo harán) para mantener una comunicación efectiva con sus congéneres.
Premio Estatal de Periodismo Cultural 2009.
sorianovalencia@hotmail.com
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