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Elogio al diccionario

Los diccionarios son los libros más usados. En algún momento, buena parte de nosotros hemos recurrido al menos a uno; incluso a pesar de no tener el hábito de la lectura. El diccionario es fuente básica de información. Ello se debe a la enorme variedad de diccionarios: de significados, de sinónimos, de antónimos, de equivalencias de idioma a idioma (diccionario inglés-español, por ejemplo), de especialidades (de términos filosóficos, jurídicos, arquitectónicos…), incluso ideoconstructivos. La variedad es proporcional a la complejidad social. Enorme cantidad de ellos para auxiliarnos a entender un área de interés.

Cada objeto de la sociedad es representativo de la misma. Refleja el grado cultural (entendida ésta como todo aquello que no es natural, sino producto consciente del ser humano). La técnica con la que se elaboraban los libros, por ejemplificar, ha variado en cada época. También su contenido. Y, evidentemente, a mayor desarrollo y complejidad de la sociedad, mayor sofisticación en su manufactura y su contenido. Los diccionarios son, entonces, uno de los aspectos más representativos de nosotros, los seres humanos.

Los diccionarios, en su contenido, reflejan al ser humano en sociedad. A ellos se integran las palabras que formulan la necesidad práctica, el que hacer humano y la propia evolución social (antiguamente, en nuestra cultura, las definiciones estaban muy influidas por la religión). 

Fundamentalmente, es un trabajo de profunda reflexión para que responda a las diversas acepciones de forma directa, precisa, exhaustiva y contundentemente. No debe dejar lugar a dudas o a interpretaciones equívocas. Seleccionar las palabras de respuesta, la forma de enunciarlas y dar con todas las alternativas de uso, es una tarea titánica (¡doña María Moliner es un garbanzo de a libra!). 

El 19 de octubre de 2003, en su discurso de ingreso a la Real Academia Española, RAE, don José Manuel Sánchez Ron, refiere una bellísima anécdota de la intensidad del Diccionario: «Recuerdo, yo que tan mala memoria tengo para tantas cosas, haber leído, siendo un muchacho, una entrevista que algún periódico realizó a José Martínez Ruiz, miembro que fue de esta Corporación (la RAE). Por entonces, el inolvidable Azorín era un hombre muy mayor y no podía salir de su casa. Una de las preguntas del periodista que le entrevistaba –la única que yo recuerdo– fue la de a qué dedicaba sus días, cuestión a la que el anciano maestro contestó diciendo que leía el diccionario de la Real Academia Española, pala-bra por palabra, y meditaba acerca de lo que representaba cada una de ellas. Que un hombre que encaraba irremediablemente el final de sus días, que se encontraba incapacitado, de puro viejo, para casi todo, salvo para pensar y para leer; que un hombre así se sirviese de su cerebro, del pensamiento, y de un diccionario para vivir, para, mejor dicho, revivir, me pareció tan hermoso, tan digno de encomio, que no lo he olvidado. Supongo que desde entonces me viene esa idea tan arraigada en mí, de que un diccionario, un buen diccionario, no es sino vida en su esencia más pura; vida depurada, estilizada, vida al alcance de todos, independientemente de cuales sean las circunstancias en las que uno se halle».

sorianovalencia@hotmail.com

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