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Sobrevivir al divorcio

Que el dolor para todos los miembros de la familia sea lo único seguro ante el divorcio no significa que el resultado final sea traumático o funesto. ¿Por qué? Porque no son los sucesos los que generan el trauma, sino la manera en que las personas los perciben y manejan.

Los niños pueden tolerar cualquier verdad por difícil que sea, sobre todo si cuentan con el sostén de los adultos. 

Para algunos hijos (la palabra se refiere también a las hijas) el divorcio se convierte en un drama interminable que transforma al dolor de la fase aguda en sufrimiento eterno y que, en ocasiones, afecta de manera permanente su personalidad. Pero para otros una vez que la etapa aguda pasa, el dolor cede y hasta ventajas le encuentran a la separación de sus padres.

¿Qué hace la diferencia? Varios factores. Los más significativos tienen que ver con el manejo que los cónyuges hacen del divorcio y la actitud ante la pareja durante dicho proceso, así como con el perfil del niño y el soporte emocional que se le proporciona por parte de los propios padres y de la red familiar y social.

A los niños les resulta insostenible ver que los padres se griten, se humillen, se golpeen, se maltraten. También les resulta difícil que los utilicen como dardos contra el otro: condicionando las visitas o los horarios para que el otro sufra al no verlos; como mensajeros: “dile a tu papá que debe pagar la colegiatura o de lo contrario no te dejarán presentar los exámenes”; como botín de guerra, seduciéndolos con múltiples regalos obligándolos a tomar partido por uno de ellos; como paño de lágrimas ante las tristeza por la ruptura…

Les resulta confuso, ambiguo y hasta enloquecedor percibir la tensión en el ambiente doméstico y que nadie les explique lo que sucede, o peor aún, que le mientan ante lo obvio: ver que papá ya no duerme con mamá, que su ropa ya no está en el ropero y la única explicación sea que “se fue de viaje”, ver el rostro de desolación y de furia en sus progenitores y que a pesar de eso les digan que no pasa nada, al final el “mejor no le explico para que no sufra”, termina por generarle no sólo sufrimiento sino aislamiento, también.

Los niños pueden tolerar cualquier verdad por difícil que sea, sobre todo si cuentan con el sostén de los adultos. Porque la verdad da juicio de realidad, proporciona piso, favorece la expresión de sentimientos provocados por la ruptura y permite asignarle un sentido, evitando así, que la experiencia dolorosa devenga en trauma.

La mentira o el ocultamiento de información importante y pertinente, por su parte, obstaculiza el fluir de los sentimientos y emociones e impiden el avance de los procesos de pensamiento que darían explicación a lo que sucede en el mundo externo e interno del niño, lo cual, puede generar “nudos” cognitivos o afectivos que sujetan y obstruyen el desarrollo infantil.

Las cosas son como son nos gusten o no. Los hijos desearían que los padres vivan juntos para siempre. Sin embargo, existen situaciones que hacen insostenible la relación, por ejemplo, la violencia constante y sin consciencia de daño, las adicciones crónicas, el desamor que redunda en rechazo, indiferencia y hasta en denigración. En estos casos es mejor un divorcio que un “arreglo” que volverá a violarse. Porque es verdad que los niños, para el pleno y armonioso desarrollo de su personalidad, deben crecer en el seno de una familia, pero no cualquier familia, sino una que proporcione un ambiente de felicidad, amor y comprensión, dice la Convención sobre los Derechos del Niño. O sea que esto es ley para nosotros los padres/madres.

 

Psicólogo / gaudirj@hotmail.com

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