La vida como venga
Foto: Eliazar Velázquez
En el Coecillo, a un costado del templo de San Juan, mientras recorro una hilera de puestos con zapatos, ropa de segunda y fierros viejos, aparece frente a mis ojos don Andrés. El radio que sostiene en sus brazos está sintonizado en la B Grande. Absorto escucha una canción romántica: “construirte un cielo/ donde tu serás un lucero/qué más puedo hacer/no puedo ofrecer lo que no pueda cumplir…” El aparato se lo obsequió un taquero del rumbo y algunos vecinos las películas que vende a cinco pesos.
Junto a él tiene su único patrimonio: un diablito con botellas de plástico, fajos de periódicos amarillentos y bolsas negras quizá con ropa o cobijas.
¿Usted parece de esos hombres que caminan largas distancias a un lado de las carreteras? –le pregunto-. Apartando sus oídos de la radio me presta atención: “si, he estado en Jalisco, Michoacán, Nayarit, Sonora, en Baja California, Coahuila, Nuevo León, México, Puebla, Veracruz, Tamaulipas, Chiapas, Oaxaca, y no sé cuantos se me han olvidado ahorita”.
Don Andrés lleva cinco años en León, su anterior escala fue Tampico. Nunca se casó y su hogar es la calle, aunque por estos días algunas veces duerme en un hospital cercano. Como si echara al hombro sus pocas pertenencias y la vocación de trotamundos que eligió desde temprana edad, comienza un relato de andanzas delirantes: “De Tijuana me vine siguiendo toda la carretera, a los tres días cayendo la noche comencé a ver que estaba bien liso, hacia un airazo y un frillazo, no había yerba, ni árboles, a veces hay bolitas que van rodando con el aire pero ni eso, era pura arena, había llegado al desierto de Sonora. No había ni un alma, seguí camine y camine. Esa vez un trailero me levantó, nos venimos platicando de sus cosas y de las mías”.
“Otra ocasión, agarré en Reynosa la carretera a Tampico, camine todo el día y toda la madrugada. Ya llevaba contados como ciento y tantos kilómetros pero me aburrí y ya no los conté, nomás seguí camine y camine, hasta que llegué a un paradero donde encontré a otros que también viven como yo”.
“En esa misma ruta, otra vez que ya llevaba muchos días andando, una noche en un lugar alejado de ciudades y pueblos apareció un edificio de tres pisos muy alumbrado, busqué por lado y lado pero no había postes ni cables, poco más adelante cerca de una lomita miré un resplandor, al llegar no había ninguna luz, y lo que apareció fueron hileras de hombres trabajando con picos, nomás se veían las figuras en lo oscuro, otros estaban sentados como en media luna junto a un hornito encendido. En el otro lado de la loma se veían niños caminando, luego se formó la figura de un tren antiguo que iba caminando despacio y echando humo, en eso empecé a ver que todos me iban viendo y siguiendo desde allá arriba, mientras abajo yo seguía camine y camine. Pienso que eran difuntos”.
¿Y no sintió miedo don Andrés? -lo interrumpo tratando de encontrar en sus manos grandes alguna certeza acerca de la dimensión en la que habita este vagabundo-: “si sentí algo, pero no mucho miedo, es que de todos modos no puede uno hacer nada, lo mejor es venir con la cabeza bien fija, en esos casos es mejor seguir caminando como si nada pasara, y disponerse a seguir esperando la vida como venga…”
cronicandante@yahoo.com.mx
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