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La democracia de las vallas

 

La democracia mexicana, na-ciente en muchos sentidos, muestra una caracte-rística vergonzosa en los últimos meses; rostro que podría ser bautizado como “la democracia de las vallas”.

Y es que en la peculiar democracia mexicana las diferencias políticas, económicas y sociales que muestran tanto partidos políticos como grupos sociales y de interés, hace mucho que no se resuelven en el terreno de las ideas, la discusión, el debate y las leyes. Tampoco en el parlamento, mediante el diálogo y el convencimiento que debie-ran sustentarse en el argumento certero. 

No, en la democracia mexicana, la de “las vallas”, el disen-so y la diferencia de opinión se resuelven mediante el ejercicio de la fuerza, por un lado, y a través de la instalación de vallas metálicas que, por el otro, signi-fican precisamente el fracaso de los instrumentos democráticos.

Las vallas protegen lo mismo a instituciones públicas, a poderes del Estado como el Legislativo y protegen la propiedad privada. Pero al mismo tiempo las vallas son la barrera entre el ejercicio básico de la democracia, la institucionalidad y el respeto a la propiedad privada que intentan ponerse a salvo del uso de la fuerza, de la amenaza de la violencia y el chantaje.

¿Por qué la democracia mexicana ha sufrido una mutación de esas características? ¿Por qué pareciera natural para no pocos mexicanos el uso de las vallas metálicas, por un lado, y la protesta callejera, el uso de la fuerza y la violencia a secas, por el otro?

Seguramente los especialistas en la ciencia política tienen muchas respuestas. Aquí cree-mos que el problema viene de lejos y tiene su origen en “distintas taras” que por décadas han mostrado tanto partidos políticos como gobiernos, líderes sociales y, en general, la clase política toda.

¿Por qué colocar vallas metálicas en torno a las cámaras de Diputados y de Senadores? ¿Por qué estas barreras físicas para resguardar el ejercicio democrático que significa el parlamento ¿Por qué ejercer la fuerza de la movilización callejera en contra de las instituciones democráticas como el Congreso mexicano? ¿Por qué amenazar con bloqueos, plantones y, en general, el uso de la fuerza de las masas, contra gobiernos, Poderes de la Unión, ciudadanos y empresas privadas?

El círculo vicioso parece que no tiene salida. Es decir, desde hace décadas, los grupos inconformes por tal o cual decisión de Estado, o por tal o cual acción privada, no acuden a las instancias públicas en busca de solución o de justicia. ¿Y por qué no buscan una solución en esas instancias? La respuesta todos la conocen.

Porque en México la justicia es ciega, sorda y tortuosa; porque la justicia también es lenta y poco clara; porque la justicia suele tener precio y estar al servicio del mejor postor. Por eso, grupos sociales, partidos políticos, legisladores, particulares y ciudadanos de a pie prefieren recurrir a la protesta violenta, la movilización callejera, el plantón, el bloqueo y el cerco social. 

Y es que en México todos saben que dañar a las mayorías, mediante esos instrumentos –marchas, bloqueos y planto-nes– suele ser una llave casi mágica capaz de agilizar la res-puesta de gobiernos e instituciones que, de otro modo, nunca responderían.

Sin embargo, también desde hace muchos años la movilización callejera, la protesta violenta, el bloqueo y el cerco social a instituciones, así como el daño a propiedad privada y pública, se han convertido en una suerte de monedas de cambio para la presión contra gobiernos e instituciones; para el chantaje político y, en el extremo, para la exigencia de dinero público.

En el fondo, la falla está en la ausencia de una eficaz respuesta por parte de gobiernos y autoridades –de todos los partidos y de los tres órdenes–, y en la impunidad de quienes no sólo usan sino abusan de las marchas, los plantones y los bloqueos.

¿Quién será capaz de poner un alto a ese círculo vicioso? Hoy por hoy, los gobiernos de Enrique Peña Nieto y de Miguel Ángel Mancera –y otros mandatarios estatales–, no dan señales de estar dispuestos a pagar el costo político que podría significar poner un alto a la “cultura de las vallas”. Tampoco los líderes sociales están dispuestos a jubilar un recurso harto rentable. Las dos, taras democráticas de larga vida. Al tiempo.

EN EL CAMINO

La crítica al político y a su ideario nada tiene que ver con el respeto al hombre, al ciudadano y al ser humano. Por eso deseamos que Andrés Manuel López Obrador esté pronto de vuelta en su trinchera. Y es que fuera o dentro de la trinchera, el respeto a la vida y a la integridad humana son pre-misas irrenunciables.

 

 twitter-@Ricardo Aleman Mx |www.ricardoaleman.com.mx 

 

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