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La casa de Dios

El parlamento –o el muy mexicano Congreso de la Unión–, suele presentarse como el templo del esgrima verbal; como la confrontación de las ideas y/o como la arena donde se dirimen las diferencias en una democracia plural.

A la Cámara de Diputados se le conoce como “la casa del pueblo”, ya que sus integrantes representan la voluntad popular, en tanto que los senadores son vistos como un consejo de sabios que representan al pacto federal. A su vez, el Poder Legislativo es uno de los tres pilares que sostienen al Estado mexicano. Los otros dos pilares son los poderes Ejecutivo y Judicial.

Y viene a cuento el ejercicio memorioso porque más allá del papel que la Constitución otorga al Congreso mexicano, lo cierto es que en los hechos el Poder Legislativo también pudiera ser conocido como “La casa de Dios”. ¿Por qué? Porque en la práctica, los legisladores mexicanos –sean diputados, senadores o asambleístas–, son verdaderas deidades que no rinden cuentas a nadie sobre sus actos, a pesar de que suelen violentar todas las leyes, cometer todos los abusos posibles y, en el extremo, construir y destruir instituciones a su antojo. ¿Tienen dudas?

Lo que Dios da, Dios lo quita, dice una interpretación bíblica. Pero ese poder metafísico también es terrenal. En efecto, los diputados y senadores mexicanos tienen de su lado la facultad metaconstitucional de construir y destruir instituciones a su antojo. Por eso, luego de 2006, destruyeron el carácter ciudadano del IFE y le quitaron facultades. Por eso mismo, luego de las elecciones de 2012, terminaron por destruir el IFE como lo conocimos. Es decir, lo que el Congreso mexicano da, el Congreso mexicano quita. ¿Y por qué destruyeron al IFE los congresistas mexicanos?

Sí, destruyeron al IFE por las ambiciones sin límite de un político que cree que tiene todo para ser presidente y que, para ello, intenta reglas a modo. Ese político se llama Gustavo Madero, a quien sus compañeros de partido señalan como responsable de que la corrupción –también sin límite–, se metiera al PAN.

Pero no es novedad que un político ambicioso decida destruir instituciones y crear otras a modo, para tratar de acceder al poder. Todos saben que luego de las elecciones de 2006, el PRD y López Obrador negociaron cortar las piernas al IFE, para tener un árbitro a modo. Olvidaron que el que hace la ley, hace la trampa. Y el verdadero ganador fue el PRI de Peña Nie-to. Pero hay algo peor.

¿Quién ha dicho algo por la destrucción del IFE? ¿Quién sancionará a diputados y senadores por aprobar la monstruo-sidad de destruir al IFE y por la salvajada de crear a un elefante blanco como el INE, sólo por el capricho de un ambicioso sin límite?

Pocos han dicho algo. Pero muchos no han dicho nada, como tampoco han dicho nada por las groseras violaciones constitucionales y a su propia palabra, en que han incurrido diputados federales y senadores. Por ejemplo, nadie sancionó al Congreso por dejar al IFE sin consejeros durante meses; por estar en falta constitucional. Nadie sancionó a los diputados por violentar la norma en la aprobación de la más reciente reforma político electoral.

Y por supuesto que nadie dirá nada –salvo las críticas y los señalamientos en medios–, por el jugoso negocio que unos pocos ya saborean con la destrucción del IFE como lo conocemos y con la construcción del nuevo INE. ¿Cuáles negocios, preguntará algún curioso? 

Además de que con la reforma político electoral los senadores se regalaron el grosero derecho a la reelección inmediata –el que hace la ley hace la trampa–, también crearon el nuevo Instituto Nacional de Elecciones. Y la construcción del nuevo INE significa cambiar desde papelería, hasta consejeros electorales nacionales y estatales, pasando por la creación de una nueva credencial de elector para más de 50 millones de mexicanos. ¿Y qué creen?

Sí, que como en la guerra, a pocos les importa la destrucción. Lo que importa es el negocio de la reconstrucción. Y entre los abusadillos legisladores ya se trabaja en jugosos negocios para la nueva institución electoral. Y son negocios en serio.

Pero en “la casa de Dios” hay más. Ayer se cumplió el plazo que los propios legisladores se dieron para dar luz a la ley reglamentaria de telecomunicaciones y… ¿Qué creen? Que no hay nada, no hay tal ley reglamentaria. Los señores legisladores volvieron a incumplir y a engañar al pueblo, a los que dicen representar y para los que dicen trabajar.

Sin duda que es saludable que el Congreso trabaje a tambor batiente para hacer nuevas leyes. Pero falta lo básico: quién pondrá límite a diputados y senadores, convertidos en deidades intocables. ¿Hasta cuándo? Al tiempo.

 

 

 

twitter-@Ricardo Aleman Mx |www.ricardoaleman.com.mx 

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