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Guadalupe

Es el nombre de la virgen más venerada en América, patrona de Latinoamérica (1910), de México (1754) y de Extremadura (poco preciso, pero ya se le veneraba en la zona desde el siglo IX). Igualmente, es el nombre propio –después de María– más usado en nuestro país, preferentemente para mujeres. Está integrado por dos vocablos. Del primero no hay duda, es árabe y viene de Wad (guad, castellanizado), que significa ‘río’ (como Guadalajara y Guadiana). De la segunda sección del vocablo, ‘lupe’, hay controversia. Unos ven procedencia latina y otros la natural, árabe. En esta última corriente le achacan significado de ‘escondido’ o ‘piedras negras’, dependiendo de la investigación. Los que suponen origen latino también consideran dos procedencias: una derivada de lupus (lobo) y otro de lux-speculum (espejo de luz). Por tanto, Guadalupe podría significar ‘río escondido’, ‘río de piedras negras’. ‘río de lobos’ o ‘río espejo de luz’. 

En tres diferentes fechas se le celebra por distintas razones: en Extremadura, el 6 de septiembre; en México, el 12 de diciembre; y en Latinoamérica, el 24 de agosto. Y, aunque no se le festeja, el 12 de octubre de 1928 fue declarada Reina de la Hispanidad. El hipocorístico (nombre cariñoso) regularmente es Lupita (mujer) y Lupillo (varón); pero también se dan casos como Lupis o Upa. 

Las representaciones tanto en España como en México varían. En Extremadura la Virgen es una talla de madera de cedro, lo que le clasifica como una de las múltiples vírgenes negras europeas. La de México es una imagen sobre un lienzo de fibras naturales de una mujer de tez morena.

En Extremadura en el año 714, en plena ocupación musulmana, apareció en una cueva, cerca del río Guadalupejo, de donde tomó su nombre. Esta imagen, según se cuenta, estaba en Roma junto al cuerpo de san Lucas. De ahí desapareció y un pastor de Cáceres, Gil Cordero, la descubrió en la cueva donde hoy se encuentra su santuario.

En México, según algunas teorías, el nombre fue puesto por el obispo Juan de Zumárraga en 1531, porque le resultaba difícil la pronunciación del nombre en náhuatl: Coatlaxopeuh. Los defensores de esta idea suponen una cierta similitud fonética (muchas voces del náhuatl fueron modificadas, como Huitzilopuchco por Churubusco; Cuaunáhuac, por Cuernavaca). Otra posibilidad es que el extremeño Hernán Cortez influyera en el nombre, pues precisamente era su virgen patronal. No obstante, el Nican Mopohua, escrito en náhuatl diecisiete años después del milagro de la aparición a Juan Diego Cuauhtlatoatzin, escribe en español el nombre de Santa María de Guadalupe. Aunque, no era ya un vocablo extraño en las Américas pues el propio Colón había bautizado una isla con ese nombre.

El origen del nombre podría quedar en el misterio. Pero es un hecho que la zona donde la tradición ubica su aparición en México, el Tepeyac, desde tiempos inmemorables ya era un centro de culto a Tonantzin, nuestra venerable madrecita. Es decir, su presencia en el corazón de los antiguos pobladores ha existido desde hace muchos siglos, antes, incluso, de la llegada, gloria y esplendor mexica. Su veneración, entonces, está en la sangre de nuestra raza.

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