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Está vivo el viejo PRI

Una de las mayores preocupaciones ciudadanas, durante el apogeo de la campaña presidencial de Enrique Peña Nieto, gravitó en torno al temor social que despertó el potencial regreso de lo más viejo y pernicioso del PRI. ¿Miedo a qué?

No pocos ciudadanos tenían miedo al regreso de gobiernos autoritarios, represores, verticales, despóticos, corruptos y nada democráticos. Y es que luego de siete décadas de gobernantes que decepcionaron y hasta asesinaron a la sociedad, el temor parecía justificado.

¿Y qué ha pasado a lo largo del primer año de gestión de Enrique Peña Nieto? ¿Regresó o no el viejo PRI?

Si se pregunta a los hombres del poder federal dirán que es imposible la vuelta del viejo partido, que la pluralidad vigente hace imposible ese regreso y hasta alardearán de la alternancia en no pocas entidades. Si la pregunta es a malquerientes del gobierno de Peña Nieto, sin duda aparecerá la irracionalidad y el odio ciego y sordo.

Sin embargo, los hechos dicen lo que callan los extremos. Es decir, los hechos demuestran que si bien no está de vuelta todo el viejo dinosaurio, también es cierto que sigue viva una porción perniciosa del viejo partido. ¿Tienen dudas?

Los jefes del PRI, los jefes políticos de la casa presidencial y los viejos militantes del partido tricolor podrán decir misa, pero lo cierto es que el periplo de la reforma energética por los congresos estatales confirmó lo que era un secreto a voces; que sigue vivo el poder autoritario y vertical del viejo PRI. ¿Por qué?

Porque fue evidente para todos que desde la casa presidencial, pasando por las oficinas de Luis Donaldo Colosio e Insurgentes, se mandó la orden a gobernadores y diputados locales del tricolor para que a toda prisa –en tiempo récord–, la reforma energética fuera aprobada por 16 congresos estatales, que suman la mitad más uno de los congresos de todo el país.

¿Y cómo fue posible esa hazaña mundial del parlamentarismo? Todos saben la respuesta. Fue posible porque está de vuelta uno de los grandes fenómenos del poder político mexicano –del viejo presidencialismo–, que parecía derrotado con la llegada de los presidentes del PAN, en el año 2000. ¿Y cuál es ese fenómeno?

Se llama “presidencialismo” y sus más evidentes síntomas son su poder autoritario y vertical, surgido desde el grosero centralismo y, de manera especial, es un poder al servicio de la casa presidencial. Y es que a los gobernadores del PRI –y hasta a los que surgieron de otros partidos–, no les quedó más remedio que cumplir la instrucción presidencial; que los congresos de sus estados aprobaran la reforma energética en tiempo récord. ¿Y por qué los gobernadores? ¿No se supone que los congresos locales son autónomos?

En realidad todos saben que casi todos los gobiernos estatales –sean del PRI, del PAN o del PRD–, no sólo tienen el control sobre los congresos estatales sino que mangonean a diputados locales. Los gobernadores son, en la realidad, caciques o virreyes sexenales en los estados que gobiernan. Tienen el control de la vida y el futuro de la clase política local; en no pocos casos “maicean” a los diputados de todos los partidos y convierten a sus respectivos estados en feudos en los que la ley es la ley del mandante en turno.

Ese fenómeno se exacerbó con la caída del poder presidencial priista, en el año 2000. Y es que al desaparecer el presidente de origen priista, los gobernadores ya no tenían jefe máximo. Y por eso se convirtieron en caciques de horca y cuchillo. Pero cuando regresa el presidente priista, en una geografía en donde 21 entidades son gobernadas por el PRI, el nuevo jefe máximo es el presidente en turno.

Desde el 1 de diciembre de 2012, el nuevo jefe de más de dos tercios de los gobiernos estatales se llama Enrique Peña. Y en el caso de la reforma  energética, era prioridad para Peña Nieto que por lo menos 16 congresos aprobaran en tiempo récord esa reforma. Y como entre la “chabacana” clase política mexicana es casi un suicidio no alinearse al poder presidencial –sobre todo en los tiempos del nuevo PRI–, los gobernadores hicieron lo que tenían que ha-cer –y lo hacen a la perfección–, para que sus congresos aprobaran, por la vía rápida, la reforma energética.

Pero lo peor del caso es que esa cultura del presidencialismo autoritario y vertical también vive en el PRD y en el PAN. ¿Pruebas? El PRD en la ALDF aprobó en minutos la reforma al artículo 362 del Código Penal, para sacar de prisión a vándalos. El mismo PRD expulsó a diputados que piensan con cabeza propia. ¿Y el PAN? Basta con citar dos nombres; César Nava y Germán Martínez. ¿Regresa o nunca se fue el viejo PRI? Al tiempo.    

 

 

 

| twitter-@Ricardo Aleman Mx |www.ricardoaleman.com.mx 

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