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La dura realidad del suicidio

Nadie en este mundo quiere realmente morir; ni siquiera el suicida -nos advierte don Miguel de Unamuno-, pues incluso quien se quita la vida lo que busca es una mejor existencia, una condición que le permita dejar de sufrir las siempre incomprensibles razones y motivos del sufrimiento personal. El suicida, en el fondo, lo que quieres es seguir viviendo, pero no aquí.

Es difícil cuestionar a quien decide quitarse la vida; es tan delicado el asunto, que en nuestro marco jurídico existe el delito de “inducir o asistir al suicidio”; lo anterior porque, argumentan los juristas, la vida es uno de los bienes indisponibles, es decir, ni siquiera su poseedor puede cederla a favor de otro; de ahí que nadie, aún con autorización, podría suministrar herramientas o ayuda directa para que otra persona se quite la vida.

Hay toda una serie de factores culturales, educativos y psicológicos detrás de la decisión de quien se quita la vida; empero, los de mayor peso según las y los expertos, son los últimos, es decir, los vinculados a la salud mental de las personas, y en evidencia, a la insuficiente capacidad de las instituciones para auxiliar y prestar la atención médica necesaria para garantizar el acceso a servicios de calidad en materia de salud mental.

De acuerdo con la doctora María Elena Medina Mora, una de las principales especialistas en temas de salud mental en México, sostiene que al menos uno de cada cinco personas en nuestro país ha padecido o padecerá algún evento de depresión o depresión profunda; amén de otros padecimientos mentales como la esquizofrenia, la paranoia y distintas fobias.

Debe señalarse que según la propia especialista, la decisión de intentar el suicidio no es “instantánea”; en general, para que pueda considerarse que una persona está en estado depresivo, se requieren más de tres semanas de vivir una profunda tristeza y no poder dejar de sentirla. Esto implica que los suicidios, de haber un adecuado acompañamiento médico y familiar, podrían evitarse en la inmensa mayoría de los casos.

Tanto en México como en el estado de Guanajuato se trata de un fenómeno en crecimiento. En el año 2009 hubo 279 casos; es decir, uno en aproximadamente cada 36 horas; En el 2010, la cifra fue de 283 casos, lo cual implica en términos estadísticos, un promedio similar al del año anterior; sin embargo, en el 2011 el número de defunciones por suicidio creció a 355 casos, es decir, prácticamente uno cada día; un promedio casi 50% superior al registrado en los dos años previos.

Para el año 2012, se registró una cifra nuevamente alta, con 339 casos a lo largo del año, lo cual, si bien  representa un descenso respecto del año previo, muestra que las condiciones que llevan a las personas a cometer suicidio, se mantuvieron en niveles importantes.

Para poner los números en perspectiva, es importante estimar el peso que tienen los suicidios respecto de lo que INEGI califica como defunciones accidentales y violentas. En este ejercicio, lo que se percibe es que en Guanajuato no sólo hay datos mayores a los que se registran como promedio nacional, sino que además la tendencia es creciente.

Así, mientras que a nivel nacional, en los 10 años comprendidos entre el 2003 y el 2012, el peso que tienen los suicidios entre las defunciones accidentales y violentas es de 7.7%; en el estado de Guanajuato el indicador estimado es de 10.2%, teniendo su pico más alto precisamente en el año 2011, en el que los suicidios tuvieron un peso equivalente al 12.1% respecto de las causas externas de mortalidad. Quizá lo más preocupante respecto de este comparativo es que en Guanajuato, en el 2003, el peso de los suicidios en la mortalidad por causas externas era de 8.2%, mientras que en el año 2012 el indicador se ubicó en 11.3%.

Para dimensionar en números absolutos lo que esta tendencia representa, hay que decir que entre los años citados (2003-2012), ha habido 2,590 suicidios en la entidad; de ellos, 1,557 han ocurrido en los últimos cinco años, es decir, entre el 2008 y el 2012.

De esta forma, si se calcula el promedio del número de suicidios consumados entre los años 2003 y 2007, lo que se obtiene es un indicador de 207 casos anuales; en contraste, al estimar el promedio de lo ocurrido entre los años 2008 y 2012, es de 311 casos anuales; esto implica un crecimiento de 44% respecto del periodo previo.

Las señales de alarma deben encenderse, porque la gran mayoría de quienes se suicidan son personas sumamente jóvenes; de acuerdo con el INEGI, en el año 2011, dos de cada tres suicidios fueron cometidos por jóvenes y adolescentes menores de 34 años; y entre ellos, el mayor número lo cometen quienes tienen menos de 19 años de edad. Uno de los datos más dolorosos, sin duda, es el relativo a los suicidios que cometieron los adolescentes que al momento de quitarse la vida, tenían entre 10 y 14 años de edad; entre ellos la suma estatal fue de 12 casos en el 2011; lo cual implica un suicidio al mes, de un adolescente menor de 14 años.

Lo que en mayor medida debe destacarse en este tema es el hecho de que hay un malestar profundo en nuestra sociedad; que las cosas no están bien y que es necesario cambiar de rumbo, porque para que haya una sociedad armónica y de bienestar, se requiere mucho más que pesos y centavos; y eso es lo que debe entenderse con urgencia en todos los ámbitos y niveles del gobierno.

 

 

*Director de Investigaciones de CEIDAS

 

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