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Horizonte político

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Hace 20 años

Coincido con quienes ven en el año de 1994 un punto crucial de nuestra larga e inacabada transición política. No que haya iniciado entonces; para explicar el creciente deterioro de la hegemonía priista hay fechas previas igual de importantes, como 1988. Pero en 1994 muchos sucesos se precipitaron en favor de un cambio más rápido y decisivo que culminó en la alternancia partidista del año 2000. 

1) En diciembre de 1993, todo estaba puesto para un triunfo claro, contundente y tranqui-lo del PRI, con Luis Donaldo Colosio a la cabeza, a quien Carlos Salinas de Gortari había preparado cuidadosamente como su delfín. Había crecido la economía y no se vislumbraba una nueva crisis sexenal en el horizonte. Se inauguraba el Tratado de Libre Comercio. El odiado neocardenismo había bajado dramáticamente en su votación (el PRD obtuvo sólo 8% del voto en 1991). Pero el surgimiento público del EZLN movió todas las fichas del tablero.

2) El neozapatismo puso en tela de duda los triunfos sociales y económicos del salinismo. La primera y más notoria baja política de la rebelión chiapa-neca fue la campaña de Colosio, pues de entrada quedó fuera de reflectores. Hubo el candidato de distanciarse de Salinas al grado en que se especuló, no sin fundamento, que el presidente jugaba a dos cartas (la otra era Manuel Camacho, quien había quedado constitucionalmente habilitado para ser candidato). La confusión prevaleció en el PRI (pese a aquello de “no se hagan  bolas”), debilitando aún más al candidato oficial. Todo ello condujo, de una u otra forma, al asesinato de Colosio el 23 de marzo, al menos en la óptica del 97% de la población que no se creyó el cuento del “asesino solitario”. Y, según múltiples indicios, el crimen se urdió desde la cúpula del poder, con lo que se rompió una regla no escrita de la estabilidad priista, instaurada tras la muerte de Álvaro Obregón en 1928; en la disputa por la presidencia se vale de todo, menos los balazos (luego vino el asesinato de José Francisco Ruiz Massieu, seguramen-te como secuela del crimen contra Colosio). 

3) La turbulencia política generó temor en el gobierno de que la elección se saliera de cauce, por lo que aceptó realizar la tercera reforma electoral del sexenio, que logró el consenso de los partidos. Ahí se fincó la futura autonomía del IFE, además de otros avances (padrón depurado, mampara cubierta, tinta auténticamente indeleble, “visitantes” electorales extranjeros). Todo ello implicó un gran paso a la democracia electoral. 

4) La opinión pública ma-yoritariamente recibió bien al EZLN, en parte por la habilidad del Subcomandante Marcos de dejar de lado la “dictadura del proletariado” y plantear en cambio la exigencia de más democracia. 70% según encuestas aprobaba los fines del zapatismo, y de ellos, un respetable 30% justificaba la vía armada. El PRD inicialmente se benefició de este movimiento. Marcos justificó el movimiento debido a la cerrazón política practicada por el salinismo hacia la izquierda (frente al aperturismo al PAN, en lo que se dio en llamar, desde 1991, la “democracia selectiva”). Nadie lo pudo refutar. Pero Cárdenas se acercó en exceso al EZLN, radicalizando su discurso político. Y pocas semanas antes de la elección, los zapatistas rompieron el diálogo con el gobierno y radicalizaron también su propio discurso. Ello abonó el terreno para que el PRI lanzara una eficaz campaña del miedo, que provocó incluso un voto útil de muchos panistas e independientes en favor del candidato del PRI (para entonces, Ernesto Zedillo). Es decir, la izquierda se metió una zancadilla a sí misma, como ya es costumbre que lo haga cada vez que se aproxima al poder (si bien, en la derrota de Cárdenas contó también que Diego Fernández de Cevallos cumpliera estupendamente su objetivo de mandar al perredista al te-cer sitio, cosa que logró durante el primer debate presidencial de nuestra historia). 

5) Tanta turbulencia generó fugas de capital que hicieron reducir las reservas internacionales a su mínima expresión, con lo que dejó al país en el umbral de una nueva devaluación del peso, misma que Salinas no quiso asumir, generándose “el error de diciembre” que provocó una nueva crisis económica de fin de sexenio, más severa que las anteriores. 

Todo ello suscitó en Zedi-llo el fundado temor de que el país no aguantara una nueva crisis política –con derivación económica –en el año 2000, y promovió y aceptó los cambios y providencias necesarios para preservar la estabilidad, así fuera al costo de una derrota histórica del PRI, tal y como sucedió.  

 [email protected] | Investigador del CIDE. 

 

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