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Plegaria por Michoacán

Ahí donde los sones calentanos, los de Arpa Grande, los abajeños, las pirekuas y las bandas de viento, siguen construyendo cauces para no ser borrados de las fiestas; ahí en Paracho donde las corundas y el olor a pino de las guitarras recién barnizadas se respira en el  mercado, ahí donde  los domingos de  plaza en muchos pueblos todavía  se miran frutos a ras de piso, ahí donde  aún se observan  rebozos rayados,  faldas y blusas de colores (que ahora se elaboran con telas que llegan de China); ahí en el entorno de Tierra Caliente  donde campesinos de mirada fuerte dialogan luciendo sombreros grandes que acrecientan su altivez, ahí donde en el Internet de Cherán una joven purépecha revisa su feis. 


Foto: Especial

Ahí en la pérgola de  ese jardín de Uruapan donde al lado se vende un café con sabor a cielo, y a pocos metros comienza el largo mercado que  en todas las cuadras que ocupa es un mural  de colores, rostros, diálogos. Ahí en esos portales de Morelia donde desde los setentas los intelectuales locales acuden a leer el periódico mientras los turistas admiran el kiosko, la catedral y la bella  avenida Madero.  Ahí en esos cerros de Nueva Italia o Ario de Rosales que para el extraño son  inescrutables. Ahí en esos autobuses Parhikuni que bordean la meseta  y atraviesan pueblos con casas de madera y puestos de muebles a la vera del camino.  Ahí donde la danza de los Kúrpites  aparece en el atrio de Ichán con sus pasos ceremoniales mientras el  Paricutín preside el horizonte con su paisaje lunar. Ahí en ese mercado tan vital de Zamora donde venden una sabrosa papa criolla con chile y alguien bolea sus zapatos en la holgada plaza, ahí en las calles de Ocumicho donde  los diablos de barro forcejean con sus abismos, ahí en ese jardín de Quiroga donde todos los días hay pozole que todavía se come con un pedacito de penca de palma y las manos hermosas de las  ancianas hacen exquisitos tamales de elotes nacidos a la orilla del lago.

  Ahí en esa iglesia solitaria del pueblo de  Sevina donde una mujer solitaria platica con los santos que tienen mirada indígena como la de ella, ahí en Jarácuaro donde la música de “Tata Gervasio” ya es parte de la memoria colectiva, ahí en la cañada de los once pueblos   donde hay sitios  como Ichán  que casi en cada cuadra tiene una banda de viento y en su iglesia austera los migrantes cuelgan dólares en sus santos; ahí en esas calles de la capital donde luchadores agrarios ya finados como Efrén Capiz durante décadas cimbraron el palacio de gobierno con su grito de justicia, ahí en esas tierras rojas rodeadas de pinos que luego dan paso a los tonos metálicos de la costa….

Ahí, en  amplias regiones de Michoacán, en uno de los estados  más primorosos, el dolor y la muerte tienen desde hace tiempo y con particular crudeza en estas horas, lastimado los brillos de la vida. Tan sólo estremece pensar  sus niños  asomando sus ojitos desconcertados al paso de las tanquetas…

(Parece que estoy viendo ahora mismo al finado  don Antioco Garibay de Zicuarán, tocando el son de la Media Calandria, mientras se asoma a la ventana como anhelando que con  los acordes de esa  hermosa melodía  se aleje de sus pueblos  tanta muerte absurda… )

 

 

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