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Salmodiemos mantras de paz

Valdría la pena revisar algunas frases de nuestro imaginario colectivo antes de preguntarse por qué es que estamos viviendo estos días que parecerían extraídos del libro de Daniel, sino es que del Apocalipsis. Una primera frase sería la contundente y cuestionable afirmación que a la letra dice: “El hombre es un ser social por excelencia”. No olvidemos nuestro darwiniano origen y recordemos que, al igual que los animales, aún reaccionamos con las vísceras, genéticamente. Pero a diferencia de ellos, el grito emitido no es un ladrido o un rebuzno sino un enunciado lingüístico, absolutamente abstracto y rotundamente lógico y que gracias a esas proposiciones no huimos en estampida sino que pactamos pareceres para, lejos de mordernos o embestirnos, nos podamos entender mediante un razonamiento coherente y civilizado. Lo que quiere decir que la sociabilidad no es un rasgo “natural por excelencia” sino una invención humana y por lo tanto lingüística. Nuestro lenguaje, que nos fue inculcado desde la cuna y desde la patria, es un ideolecto, altamente alienante.

Otra frase sería: “No tendrás otro Dios delante de mí, dice Jehová” que hermenéutica y semióticamente         querría decir: “solamente mi manera de pensar cuenta”. Pero en esta era en la que hablamos de tolerancia, de democracia y de respeto a la diversidad ¿en dónde quedarían las visiones de mundo sustentadas por  Buda, Krishna, Mahoma y tantos otros? En estos momentos ya no podemos imponer ni una religión, ni un partido político, ni una dogmática manera de pensar. Hoy por hoy, nuestro nombre tendría que ser plural porque somos muchos. Somos la diversidad,  la heterogeneidad; de la misma manera en que los textos contemporáneos están formados por muchos lenguajes, por una diversidad de citas, por una multitud de niveles de sentido, que son los que permiten su placer y su goce.

En nuestra era, la guerra y la violencia deberían ser cosa del pasado, porque la diversidad de ideas ya no permite tener un solo punto de vista y sin embargo, nuestros  discursos alienantes nos siguen manteniendo en esa actitud bélica mediante slogans vigentes gracias a los medios masivos de comunicación. Bastaría que revisáramos la letra de nuestro queridísimo Himno Nacional, que salmodiamos lunes tras lunes desde pequeños, para percatarnos que inconscientemente hemos introyectado sus palabras, como el “Masiosare”, convirtiéndolo en uno de los principales mantras que nos mantienen en actitud agresiva y que, aunque no sepamos lo que significa, si nos hace aptos para sacrificar a nuestro prójimo todos los días, como nos lo prueban los titulares de los periódicos cada mañana: “Fueron ejecutados cuatro hombres en Salamanca” “Encuentran cuerpo de mujer mutilado, en un contenedor de basura”,  y de ahí p`al  real.

Analicemos estructuralmente todos los enunciados con los que se nos educa y comencemos a desalienarnos. Salmodiemos mantras de paz y no de guerra, para vivir en un mundo sin violencia, como Tomás Moro, Charles Fourier o el mismísimo John Lennon hubieran querido.  

Columna de la Univ. Pedag. Nac. Unidad Guanajuato 

José Báez Zacarías. Docente de la UPN Guanajuato

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