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Se nos mueren los poetas

 

Si le gustaron mis versos

¿qué más da que sean míos / de otros / de nadie?

¿Cómo explicarle que jamás he dado una entrevista,

que mi ambición es ser leído y no “célebre”,

que importa el texto y no el autor del texto,

que descreo del circo literario ?

José Emilio Pacheco.

 Una defensa del anonimato

 


Foto: Cuartoscuro

A la medianoche de ese viernes, cuando según el relato de su esposa Cristina el entrañable poeta José Emilio Pacheco sufrió el percance que lo hundió en un sueño definitivo, una amiga sorteaba con habilidad el tráfico de Tlalpan para poder llegar a un supermercado. Luego volvimos a las avenidas con sus  anuncios luminosos y sensaciones urbanas tan propias del Distrito Federal. No tendría nada de extraordinario eso, si no fuera porque al siguiente día a través de portales de noticias me di cuenta que mientras nosotros buscábamos comida en los estantes, muy cerca de ahí, en la intimidad de su mundo familiar, el magistral poeta José Emilio Pacheco estaba adentrándose en el umbral del fin.

Cada generación, y cada individuo adoptamos de  la época que nos toca nuestros afectos, nuestras  referencias, nuestros personajes. Yo me incluyo entre quienes crecimos de  la mano con los libros y los artículos de este poeta. Sin conocerlo personalmente, su nombre y su aura desde  muy joven  se volvieron parte de mi cotidianidad. Sin haber estrechado nunca su mano,  lo sentí como un ser muy cercano, ejemplo de persona generosa  siempre buscando tenazmente  qué darnos a sus lectores. 

Las primeras lecturas que hice de sus libros y de su clásica columna “Inventario” en la revista Proceso,  fueron en la entraña de la sierra, en tiempos cuando me pasaba las horas ensimismado sobre un viejo escritorio lleno de papeles preguntándole al destino sobre la cuadratura del círculo o en noches cuando esos cerros se  desbordaban por  nubes de lluvia que bajaban a besar la tierra labios con labios.  En esos años y desde ese sitio pensar en el Internet era como pensar en los marcianos, uno sabía de la poesía por  los poetas campesinos serranos, y de  otros como José Emilio, por los libros de texto, por algunos poemarios que llegaban milagrosamente a las manos, o por  periódicos y  revistas que sólo se podían conseguir en las ciudades. ¿Cómo no tener amor a personas como  él que nos alimentaron de ilusiones, imágenes,  intuiciones, percepciones que están más allá de lo ordinario?

Desde hace días cuando murió Juan Gelman, andaba pensando en deletrear para  esta columna unas líneas sobre  todo lo que perdemos cada vez que se va uno de estos poetas  que además de grandiosos han sido  genuinamente humildes y sencillos. Cavilaba en ello  cuando de pronto se anuncio el repentino fallecimiento de José Emilio Pacheco. La hoja se quedó en blanco. Y yo me quedé  azorado… 

 

 

 

 

 

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