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Qué bonitos comerciales

La reacción que me provocan los anuncios publicitarios a través de los cuales las instituciones públicas promueven su existencia y difunden sus resultados, se compone de una mezcla de incredulidad, molestia y azoro.

“Puuuras mentiras”, era la expresión de mi padre al cerrar los periódicos o al ver algún bloque del noticiero televisivo que aludían a políticos o servidores públicos. Mis ojos y oídos de niño captaban la ironía de sus palabras. Ahora mis sentidos de adulto también captan elementos de verdad.

“La Cámara de Diputados reformó la ley para que niños, niñas y adolescentes no sean discriminados por su idioma, religión, preferencia sexual, origen étnico y posición económica. Y tengan acceso a una educación de calidad. México no puede esperar. Cámara de Diputados. LXII legislatura”, dice un comercial del 2013. Sin embargo, a pesar de este tipo leyes y reformas siguen siendo discriminados por esas y más razones; las leyes de los últimos años no han hecho una direfencia sustantiva en el sector de la población infantil; en un estado donde no se cuenta con los mecanismos para su cumplimiento, las leyes son sólo una intención. Y qué decir de la educación de calidad.

En otro comercial de la LXI legislatura de la Cámara de Senadores una madre se refiere a su hijo que sale rumbo a la escuela, diciendo: “Él puede seguir estudiando”. El niño del comercial sí, pero aún son muchos los que no, me quedo pensando. “Mi pensión me alcanza para más”, afirma una señora mientras pone la despensa en la mesa. ¿Lo suficiente para vivir dignamente?, es la pregunta. “Ya estamos remodelando (la casa)”, dice una mujer al lado de su hijo y de su esposo. ¡Pero si son millones los que no cuentan con una vivienda! “Yo ya no tengo miedo”, dice un niño mientras camina por el parque al lado de su madre y de su hermana. ¿En verdad ya no hay miedo? “México está avanzando”, se escucha hacia el final del comercial. ¿Neta? ¿Hacia dónde? “Las leyes que aprobamos en el Senado de la República son para tu presente y para tu futuro, para beneficiar a todos los mexicanos”. ¿A todos? “Cámara de Senadores, LXII legislatura. Acuerdos que transforman a México”. ¿Acuerdos? ¿Cuáles?

“Qué bonitos comerciales”, es la expresión que ahora escucha mi hijo salir de mi boca ante este tipo de anuncios publicitarios. Expresión cargada de azoro, pues dichos comunicados contienen afirmaciones que no son mentira del todo, pero que tampoco son totalmente ciertos, y porque en términos de producción son bonitos, están bien hechos pues: las imágenes, el guión, la voz, las locaciones, actores y actrices, casi todo está en su lugar, conmueven, hasta estimulan una lágrima.

Puedo imaginar a un amplio equipo detrás del guión y de las cámaras. Por lo mismo no dejo de pensar en el enorme costo de una producción que trae como resultado un producto de alrededor de cuarenta segundos que transmite un mensaje que busca evadir la razón, el sentido crítico del público y llegar directamente a su corazón, a las visceras, a las lágrimas.

¿Para qué gastar tanto dinero de esta manera? ¿Por qué no destinarlo directamente a las personas reales representadas en el comercial: a los niños y niñas sin escuela, a las personas pensionadas, a las que no tienen techo, a las causas primarias de la inseguridad? Sé que estas preguntas tienen respuestas formales desde el marketing político, desde la comunicación social. No lo ignoro. Pero mis preguntas no buscan respuestas desde la teoría y la técnica de la información sino desde la responsabilidad, la ética y la rendición de cuentas.

El cartón de Paco Calderón del 2 de febrero pasado describe mi sentir con toda precisión seguramente porque su recurso (y talento) es la caricatura, herramienta altamente pertinente para la expresión y denuncia de este tipo de situaciones. En él describe lo que llama “anuncios absurdos e inútiles” del Poder Legislativo y otras burocracias como el INEGI, el Tribunal Fiscal de la Federación, las comisiones de derechos humanos, entre otros, cuyo mensaje, de acuerdo a Calderón, es el mismo en todos: “¡Lero, lero! ¡Mira en qué estupideces me boto tu dinero!”

¡Bravo! Calderon bravo.

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