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Reflexión ciudadana

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Deben los militantes proteger a sus partidos

Una realidad escandalosa apenas compartida por un puñado de ciudadanos del mundo, debe ser conocida y analizada por todos los ciudadanos responsables que integran los Estados Nacionales del planeta: ochenta personas detentan patrimonio  no igualado por tres mil millones de seres humanos.

Si la acumulación de la riqueza no se transformara en forma de opresión a Estados e individuos, el fenómeno no engendraría mayores preocupaciones para quienes consagran su vida a la libertad y a la democracia, entendida como una forma de vida, fundada en el constante mejoramiento económico social y cultural del pueblo.

La acumulación de la riqueza reducida a la posesión del dinero, que adoptando formas sutiles, no hace necesario siquiera transportar documentos de un lugar a otro, se transforma en instrumento capaz de adquirir cualquier bien, aún a la persona humana, creando dentro de las sociedades contemporáneas nuevas formas de esclavitud, de lo cual dan ejemplos monumentales las famosas organizaciones dedicadas a la trata de personas.

Indiscutiblemente que la persona humana es un satisfactor tan indispensable como el agua. Sin embargo su reducción a la calidad de cosa, origina indignación de tal magnitud, que es capaz de levantar a un pueblo para quitarse el yugo y romper el régimen injusto capaz de aceptar tales monstruosidades.

Por eso, los gobernantes deben ser estadistas capaces de prever para proveer de las condiciones necesarias para el desarrollo de la persona humana, como tal, independientemente de su condición económica, social, política o religiosa.

La crisis universal con orígenes claramente económicos, ha invadido la esfera de las clases políticas, en cuyo seno se da la tendencia a acumular el poder ya sea en el núcleo familiar o entre grupos organizados para garantizar el disfrute de los privilegios auto asignados  por el desempeño de los cargos públicos.

Para evitar la destrucción de nuestra cultura, los partidos políticos han de combatir la acumulación de la riqueza en la medida que sustituya a los órganos del Estado, cambiando la vigencia de las instituciones o sea de la norma jurídica, por la voluntad de los titulares de la acumulación de la riqueza convertidos en poderes de hecho.  

Es indudable que la ciudadanía en nuestro país, ha sido particularmente omisa, hacia la cosa pública, especialmente a partir de la vigencia del neo liberalismo. Esta falta de acción organizada, se ha traducido en resistencia para rendir cuentas y hacer uso transparente de los recursos públicos.

El ejercicio del poder,  implica una serie se responsabilidades, que muchos de sus detentadores han convertido en privilegios. Aceptan gustosos las facultades y eluden sistemáticamente sus obligaciones. Ésta conducta ha permeado a la sociedad y la desobediencia a las normas nada tiene que ver con la defensa de un derecho sino con el ejercicio irrestricto de la voluntad, traducida en impunidad.

Los partidos políticos, privilegio vigente en nuestro país, deberán esforzarse para que la formación de sus candidatos a regirlos y a representarlos en las contiendas electorales, tengan sólida formación ética y sean capaces de rescatarlos del uso patrimonialista del poder y conducir al país, hacia la recuperación de la paz con justicia. 

La tarea no es fácil, pero todos los partidos tienen en sus filas, personas honestas y patriotas. Darles poder para hacer evolucionar a sus partidos, es una obli-

gación moral, de cuyo cumplimento depende la vigencia, de un orden jurídico defendido con gallardía, que evite la vigencia de los poderes fácticos, convertidos en delincuencia organizada y la supresión violenta de la clase política.

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