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Kidzania y el simulacro de la economía

Con la determinación que sólo un niño de cinco años puede tener, mi hijo me pidió contra prueba de cualquier contingencia, que fuéramos a Kidzania, en la feria de León para poder jugar a ser grande y hacer las cosas que se muestran como un misterio indescifrable para él. Su hermano mayor, lo escuchó lo suficiente para hacerle segunda en pro del consumismo.

Llegamos temprano para comprar los boletos. En el interior de Kidzania los niños tienen la oportunidad de jugar a ser adultos y comenzar a tomar sus propias decisiones. Lo primero que les dan, es un cheque que deben cambiar por dinero falso llamado “kidzos” y una tarjeta de débito, para gastar. Al igual que un trabajo en la vida real, desempeñan una función en diferentes tipos de negocios, que van desde mensajería, a mecánico, constructor, futbolista, reportero, entre otras y si logran terminar la actividad que se les pidió se les paga. Todo parecía indicar que nuestra estancia con los chiquillos sería divertida. El problema vino cuando entramos a Dominos’ pizza; la dinámica era que los niños se vistieran con cofia, cubrebocas y mandil para poder preparar una minipizza y cuando terminaban de prepararla, se les daba un ticket para recogerla, tras siete minutos de espera en lo que se hornea. La primera sorpresa fue que al pagarla, aún cuando fue hecha por ellos mismos, debe ser con dinero real y no con “kidzos”. La situación de conflicto es entonces para el padre desprevenido, que no tenga dinero, se verá amenazado al escrutinio público y ante un berrinche desgarrador que rompa el idílico paisaje.

La duración del turno es por dos horas dentro de Kidzania. Cuando se termina el tiempo es necesario formarse para salir y canjear los billetes por premios. Enfrente de nosotros se encontraba un stand de recuerdos donde se podían ver llaveros, tazas, playeras y demás cosas. Nuevamente al tratar de comprarlos, debía ser con dinero real, así que decidimos esperar para ver qué podíamos comprar. La fila tardó otra media hora y para cuando llegamos nos esperaban pulseras y calcomanías chinas, de esas que se compran a granel. Mi hijo no se contuvo para decir en voz alta: ¡Yo no quiero eso! Discretamente una señorita se acercó, para explicarnos que esos eran los únicos juguetes disponibles. Molesto por la explicación pregunté al mayor de los dos: — ¿Y tú no piensas cambiar esos papeles? —No, me respondió, yo los voy a ahorrar para cuando vayamos al verdadero Kidzania en el DF.

Es claro que a diferencia de la educación formal, la simulación va ganando terreno debido a que permite experimentar de manera directa el conocimiento adquirido, sin que se pierda el poder del entretenimiento.

 

Cuando salí del lugar, me encontraba desconcertado entre el orgullo capitalista de descubrir las habilidades financieras de mi primogénito y la certeza de que Kidzania simula tan bien la economía mexicana que, para lo único que alcanza es para comprar fayuca china.

Saúl Pérez. Docente de la Lic. en Intervención Educativa

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