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Opositores complotistas / Chuayffet, pizca de violencia

 

/ ¿ME, diputado, y CC dirigente?

 

Carlos Salinas de Gortari usa a su conveniencia la historia para advertir de los riesgos que corren tanto a la tutelada administración federal actual como a los opositores a las reformas peñistas. Entrevistado por Rogelio Cárdenas Estandía para El Universal, el políticamente revitalizado expresidente ubica la violencia política y la crisis económica que se incubaron en el trágico 1994 como consecuencias del compló de opositores a la primera tanda de modificaciones neoliberales que impulsó desde Los Pinos a partir de 1988.

El surgimiento del neozapatismo chiapaneco, los asesinatos de Luis Donaldo Colosio y José Francisco Ruiz Massieu y las condiciones económicas que desembocaron en una gran crisis, son interpretadas por CSG como “un intento de descarrilamiento del gobierno como respuesta al proceso reformador tan intenso que habíamos llevado a cabo”. Me lo digo a mí mismo respecto a 1994 para que lo entiendas, Quique, en tu 2014 de la segunda oleada reformista: “había una resistencia de los grupos que antes se beneficiaban de un sistema tan cerrado y anquilosado, que habían querido descarrilar las reformas y no pudieron, entonces decidieron descarrilar al gobierno”. Aun cuando en esa apacible entrevista utilizó varias veces el concepto del descarrilamiento, el jefe de uno de los principales bandos que convergen en el control del timón oficialmente manejado por Enrique Peña Nieto habló no sólo de los intentos opositores por sacar de carril a su gobierno, sino incluso de derribarlo, tumbarlo. Así dijo al valorar lo que al final de su sexenio sucedió: “No lograron ni revertir las reformas ni tampoco derribar al gobierno” (http://bit.ly/1lrLfQh).

En Morelia, el largo conflicto de profesores que se oponen a la reforma educativa peñista escaló, más aparatosa que efectivamente, a nivel de secretario de estado. Una visita de Emilio Chuayffet a la capital michoacana para firmar un convenio universitario provocó la protesta del segmento de maestros que han participado activamente en una protesta nacional que con frecuencia ha tenido ribetes de violencia política, ya sea por provocaciones externas, por desesperaciones internas o por acciones y reacciones policíacas.

La educativa ha sido una reforma del peñismo que pasó las pactadas aduanas legislativas pero no ha podido implantarse a plenitud. El sostenido forcejeo de los profesores ajenos al control corporativo del SNTE, antes elbista y ahora concesionado a una directiva fofa, ha tenido como escenario principal las calles de la capital del país y hoy subsiste en los salones de clases de toda la República, con trabajadores de la educación que cumplen con sus programas de trabajo pero mantienen una fuerte disposición a volver a las protestas masivas en cuanto las condiciones así lo requieran.

El secretario Chuayffet, pieza decorativa en las negociaciones de fondo, muy aficionado a la pronunciación de discursos y frases presuntamente profundas y perdurables, poseedor de un expediente político impugnado en el que destacan los hechos de Acteal, ha sido alcanzado así por una pizca de la violencia política que subsiste a partir de una reforma educativa inaceptada por una notable y activa porción del electorado.    

Más fuerte, aunque menos organizada, es la oposición popular a la reforma peñista en materia de energéticos, en particular en el rubro relacionado con el petróleo. Las modificaciones constitucionales han sido aprobadas pero aún faltan las correspondientes a las leyes específicas, a la normatividad secundaria en la que los peores augurios sobre entreguismo de la riqueza nacional pueden tomar forma jurídica para satisfacer la exigencia de certeza que plantean los eventuales inversionistas extranjeros.

Ayer mismo, en el contexto de las diversas formas que trata de adoptar esa protesta contra la desexpropiación petrolera, Marcelo Ebrard Casaubón apareció en escena para firmar con las bancadas del Partido del Trabajo y del Movimiento Ciudadano, más unos cuantos perredistas que ocupan curules y escaños por haber sido promovidos por el propio Ebrard, un “Polo legislativo progresista”. Con esa figura se pretende nuclear a los legisladores de izquierda e incluso a las máximas figuras de esta adscripción ideológica, a los siempre tan distantes Andrés Manuel López Obrador y Cuauhtémoc Cárdenas.

El propio nombre de la nueva creación marcelista revela el interés grupal, pues esa idea del “polo progresista” ya había sido expuesta en anteriores ocasiones por el grupo encabezado por el más reciente de los exjefes de gobierno capitalino. Ahora, el lance tiene, además, el referente de que Ebrard busca ser el presidente nacional del PRD y, al mismo tiempo, hace fintas de estar en disposición de irse al partido de Dante Delgado para desde allí pelear la postulación a la presidencia de la República.

En el sol azteca le han ofrecido a Ebrard que el año entrante sea candidato a diputado federal, encabezando una lista plurinominal, y que luego sea el coordinador de la bancada perredista en San Lázaro, desde donde podría tener una plataforma eficaz para buscar la postulación de 2018 (así sucedió con Josefina Vázquez Mota, le han argumentado a ME). Pero el antecesor de Miguel Ángel Mancera insiste en buscar la presidencia del comité nacional perredista, lo que hasta ahora parece férreamente bloqueado por la corriente dominante, la de Nueva Izquierda, conocida como Los Chuchos.

En cambio, Cuauhtémoc Cárdenas tiene una mesa puesta a la que aún no anuncia si decidirá sentarse y en qué condiciones. De quererlo, él será el próximo presidente del PRD, sin discusiones ni regateo, según ha establecido la cúpula del sol azteca (incluso desde ahora se analiza la posibilidad de que Lázaro Cárdenas Batel sea postulado como candidato a diputado federal en 2015, por un distrito de Michoacán). En ese caso, Carlos Navarrete quedaría por segunda ocasión como secretario general del comité perredista.

Y, mientras el Comisionado Precioso (usuario de los términos kamelistas “mi rey” y “papá”) sigue sin saber con quién se reúne a negociar, ¡hasta mañana!

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