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El derecho de los expresidentes

Algún ruido ha hecho el retorno a México de Felipe Calderón, su disposición a comentar sobre asuntos nacionales (así sea en Twiter) y retomar la fundación que lleva su nombre. Vuelven a surgir voces que dicen que los expresidentes debieran mantener silencio y discreción, y no meter las narices ni decir frases célebres sobre el acontecer nacional. Bueno, eso en realidad era una regla no escrita del antiguo régimen priista, probablemente derivada de lo que había ocurrido con el maximato callista; se trataba de cortar toda influencia de los expresidentes que en los primeros meses era mucha.

Lázaro Cárdenas sentó el precedente de recuperar el poder para la presidencia, pero también tuvo alguna influencia tras dejar la silla. Todos los presidentes, al dejar su cargo, tenían la gran tentación de dejar en el nuevo gobierno hombres de su confianza. Pero una vez pasados los primeros meses, los presidentes recién estrenados lograban recuperar el poder para sí mismos, herencia de lo hecho por Cárdenas frente a Calles. Esta segunda y verdadera toma de poder por los presidentes se fue institucionalizando, y se dejaba sentir moviendo a aquellos hombres que su antecesor le hubiera “encargado” en alguna parte de la administración pública, enviándolos quizá como embajadores o simplemente a su casa (cuando no a la cárcel, si había enemistad declarada con el personaje).

Además, podía incluso haber un exilio del expresidente si había cierto resentimiento entre el nuevo presidente y su antecesor, quizá por no haber sido aquél el favorito de éste (cosa que a veces sucedía, como lo documentó muy bien Jorge G. Castañeda en La Herencia), o si los escándalos de corrupción eran mayores de lo habitual. Así, López Portillo se fue unos meses a España, y desde luego Carlos Salinas de Gortari pasó todo el siguiente sexenio entre Irlanda y Cuba, a la que visitaba con frecuencia (y donde se especula que hizo importantes inversiones). El caso de Ernesto Zedillo es un tanto diferente, pues su salida del país se hizo para ocupar otros cargos y distinciones, no por persecución política en México. De hecho, la forma en que dejó al país económica y políticamente, lo hacen uno de los expresidentes mejor evaluados de los últimos años. Y sin embargo, ha optado más por la discreción que por la declaracionitis. Eso, a diferencia de Vicente Fox, que de manera frecuente hace declaraciones disparatadas, muchas de ellas contra Felipe Calderón en su momento, y otras a favor de Enrique Peña Nieto (por quien incluso pidió el voto). Pero no tuvo que abandonar temporalmente el país, como sí lo hizo Calderón.

Es evidente que la regla no escrita del silencio y la discreción, mal que bien respetada en otros años, ha dejado de funcionar. Eso no es algo que deba preo-cupar a los ciudadanos, sino si acaso a los presidentes en turno, pues los comentarios y declaraciones de sus antecesores suelen tener como objetivo la administración corriente, sus fallos, o recomendaciones no pedidas. Pero en general me parece que los expresidentes tienen derecho a expresarse sobre lo que quieran, aclarar y defender su propia gestión (lo cual suelen hacer también escribiendo memorias, que Zedillo tampoco ha hecho, por cierto). Que lo hagan con verosimilitud y elegancia es otra cosa, la opinión pública tiene derecho a criticar o avalar lo dicho por sus exmandatarios, y generarles o no un nuevo costo a su imagen política. La tentación de hablar (o hablar demás) viene de la importancia que dan los expresidentes a su imagen histórica, pero probablemente también, en  muchos casos, los mueve la añoranza de los reflectores.

Pero otra regla no escrita ha sido la de preservar la impunidad de los expresidentes, un derecho adquirido quizá originalmente a cambio de su  silencio y discreción. En cambio, se les otorga pensiones y servicios muy por encima de lo que prevalece en países semejantes al nuestro.  El derecho presidencial a la impunidad sigue vigente, pues a ningún expresidente se le ha llamado a cuentas y no por falta de motivos. Es que al presidente en turno –único que para efectos prácticos puede llamar a cuentas a algún antecesor– no le conviene terminar con esa regla, pues se le puede revertir cuando él mismo abandone el poder. A menos que no tuviera intención de incurrir él mismo en corruptelas y tráfico de influencias, algo que se esperaba de los presidentes panistas pero que ni ellos quisieron cumplir. 

 [email protected] | Investigador del CIDE.

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