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 ¿Amor al prójimo?

En estos tiempos que corren muchas cosas están acomodadas  para debilitar el interés hacia los demás.

Y es que, ¿cómo amar a los semejantes si todos los días en cualquier   esquina puede esperarnos el infortunio de que alguien nos quite la cartera? ¿cómo amar a este país que amanece y anochece atrapado en el círculo vicioso de sus deterioros? ¿Cómo amar en abstracto a la humanidad?

Hasta en los labios de los sacerdotes católicos  la prédica del amor al prójimo ha perdido fuerza. 

Cuando en la iglesia uno los escucha convocándonos a ejercer valores humanistas  es  difícil olvidar las incongruencias y escándalos que tienen cimbrada a tan importante institución religiosa.

Pero ni siquiera hace falta invocar realidades etéreas. Para medir  como interactuamos con los demás, tan sólo basta poner atención a los lenguajes que  intercambian los cuerpos y las miradas en un camión urbano, en el taxi, en la fila del cajero, en la entrada de un estadio de futbol, en los pasillos del supermercado, en la banqueta mientras se espera que cambie el semáforo, en un embotellamiento de tránsito en hora pico, en la sala de espera de una central de autobuses, en las inmediaciones de un hospital público, en el ánimo y  rutinas de una institución gubernamental. Realmente ¿qué tanto pensamos en los otros? ¿qué tanto nos importan los otros? ¿qué tanto creemos en los otros?.

  Desde joven  he viajado mucho en camiones  foráneos, y recuerdo que hace años se podían establecer naturalmente conversaciones entre desconocidos  que compartíamos la travesía por las carreteras. Pero ahora lo más común es que 30 o 40 personas que coincidimos en un viaje de varias horas lo hacemos cada uno absorto en la pantalla de televisión,  en algún aparato electrónico o en nuestro respectivo silencio.  

La desconfianza, el desinterés por lo que está a nuestro alrededor, o el temor por tantas cosas que pasan y de las que dan cuenta los medios de comunicación, lamentablemente nos aísla.  

Luego, también son frecuentes los testimonios de quienes generosamente se entregan a causas  de beneficio colectivo y reciben a cambio dolorosas decepciones a veces por parte de las mismas personas a quienes se les ofrenda ese acto de  solidaridad. Todo eso mina el ánimo y la fuerza para tender puentes con el de al lado. 

 Sin embargo, el amor al prójimo  expresado en cualquiera de sus formas posibles es uno de los pilares que este mundo necesita,  diría que casi es tan necesario como el agua.  Y aunque nos horaden las sinrazones de este tiempo,  llenarse de  ese amor  es quizá una de las rutas  que aún  nos quedan a la mano para alimentar la convicción de que no todo esta perdido, y para abordar los días con la ilusión de que sean trascendentes y de que entre la multitud aparezcan personas que no estén cegadas por la mezquindad, y con quienes valga la pena estrechar lazos,  compartir el pan, la conversación y  los anhelos…

 

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