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La molécula del amor

“La sociedad está dividida en dos grandes clases: la de los que tienen más comida que apetito y la de los que tienen más apetito que comida”.

Chamfort

 

Científicos alemanes, suizos, británicos y estadounidenses han descubierto que nuestros parientes, los chimpancés, que comparten alimentos entre sí son más afectuosos. Dichos investigadores encontraron niveles mayores de oxitocina, que aquellos que no lo hacen.

La oxitocina, también llamada “molécula del amor”, es una hormona que en los seres humanos estimula la ternura, el cariño y el cuidado hacia las crías; y “hormona afrodisíaca” por estar relacionada con los patrones sexuales.

Volviendo a los chimpancés, un estudio en el medio natural en Uganda encontró que tanto en el donante como en el receptor de alimentos tienen niveles más altos de oxitocina en la orina, lo cual indica que el acto de compartir provoca sensaciones gratas en ambos.

Compartir la comida ayuda a forjar nuevas amistades, afirmó Roman Wittig, del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva de Leipzig, Alemania. Si bien no se han realizado estudios sobre los niveles de oxitocina en los seres humanos después de comer, el principio podría ser aplicable, agregó.

Las sospechas de Wittig no están muy lejos de la realidad, basta con observar nuestras pautas de relación humana para detectar que las reuniones más placenteras, divertidas, íntimas y afectuosas, generalmente son alrededor de la comida: ante la llegada de una visita a nuestra casa solemos ofrecerle algún alimento: una galleta, una fruta, un dulce, una botana, un postre, mínimo un vaso con agua, y entonces el momento comienza a fluir, el vínculo se estrecha.

Para convivir con la familia o los amigos el fin de semana una carne asada. Para recibir a quien estuvo de viaje una “comida de bienvenida”. Para celebrar a los recién casados un banquete. Para conmemorar un cumpleaños un pastel. Para visitar al niño que está en la casa hogar una golosina…

Recuerdo que uno de los detalles que más me conmovió alrededor de los funerales de mi madre, fue el envío de comida de algunos de nuestros vecinos que de alguna manera sabían que en medio del dolor lo que menos teníamos era ánimo para cocinar, aun cuando nuestro estómago exigiera su ración; el detalle también fue un apapacho a la panza y al corazón.

La comida, al igual que para los chimpancés, también funciona como punto de encuentro entre los seres humanos, como pretexto para reunirnos: “¿cuándo nos tomamos un café?” es la manera de invitar al otro para reafirmar nuestra amistad.

Si el Homo sapiens también solidifica sus lazos sociales al compartir los alimentos, se torna amoroso, afectuoso, ¿cuáles son las consecuencias de no hacerlo, de no compartirlos? ¿Los lazos se debilitan? ¿Nos tornamos menos cariñosos? 

No dejo de preguntarme qué significa el hecho de que diariamente se desechen kilos y kilos de alimentos que no fueron consumidos en los restaurantes en lugar de compartirlos con los que no tienen acceso al derecho a la alimentación. ¿Qué pasa por la cabeza y por el corazón de las personas que toman estas decisiones? ¿Qué pasa con sus moléculas del amor? ¿Será que no comparten porque su oxitocina se encuentra dormida? ¿O es el hecho de convertir en basura los alimentos lo que las tornan insensibles, frías, indolentes?

¿Por qué nuestra sociedad contemporánea es capaz de tirar toneladas de granos y de alimentos varios sólo para “regular los precios” o por cuestiones de oferta y demanda que genere beneficios económicos? ¿Por qué no podemos encontrar el equilibrio entre los que tienen comida y los que tienen apetito?

Otra inquietud: si los lazos de afecto se forjan al compartir la mesa, ¿qué consecuencias tendrá para el Homo videns que mientras come se mantiene conectado a la televisión, a la computadora o a cualquier otro aparato que lo desconecta de los que están a su lado en la mesa?

Tal vez tendríamos que dejar nuestra soberbia de sapiens y aprender algunas cosas de nuestros parientes, los chimpancés, ¿no crees?

gaud[email protected]

 

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