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La potencia del amor incondicional

“Del tiempo al otro es reconocer que existe, es darle importancia, y finalmente darle un poco de nuestra propia vida”.

Vanistendael y Lecomte

 

Probablemente en pleno siglo 21 afirmar que el ser humano para su sano crecimiento emocional necesita del amor incondicional de sus padres, no sea una novedad. En todo caso lo que resulta contradictorio es que tal principio no se practique de manera suficiente.

La falta de un amor incondicional se traduce en personalidades adultas incompletas, frágiles, débiles, inseguras, personalidades que andan por la vida con serias fracturas.

La psicóloga Jirina Prekop lo plantea de la siguiente manera: cuando al niño le falta el amor incondicional, se produce en él un dolor insoportable. El desequilibrio exige entonces satisfactores sustitutos, que posteriormente son las causas de las adicciones y la falta de libertad.

Todo niño, toda niña necesitan que le confirmen su existencia a través de acciones que ratifiquen su presencia, que le hagan sentir que tiene un lugar en este mundo.

Para que tal cosa suceda se requiere estar con ellos. Es en la convivencia cotidiana donde podemos ser testigos de la puesta en escena de lo que son, de lo que hacen. Es en la convivencia donde retroalimentamos su ser. 

Confirmamos su existencia cuando alguna de sus ocurrencias estimula nuestra risa, cuando una habilidad recién adquirida detona nuestra admiración, cuando una proeza provoca nuestro aplauso, cuando su abrazo ilumina nuestro rostro...

Para ser testigos del acontecer de su vida necesitamos dedicarles tiempo. Cuando les damos un espacio en nuestra agenda de adultos reconocemos su existencia, les damos importancia, les damos un poco de nuestra propia vida.

La anterior afirmación de Vanistendael y Lecomte, no sólo es linda sino potente, pues su contracara estaría afirmando algo sumamente dramático, es decir, que los padres que no dedican tiempo a sus hijos, que no los ven por las razones que sean, que no conviven con ellos, o que de plano los abandonaron, transmiten un mensaje lamentable: no existes, no eres importante para mí, no estoy dispuesto a darte un poco de mi propia vida, mensaje que genera agujeros en su personalidad que el día de mañana requerirán ser llenados con lo que sea.

El amor incondicional empieza por entregar un poco de nuestra vida, pues. El amor permite que los hijos y las hijas se sepan dignos de estar en la vida, miembros de una familia, de una comunidad. El desamor los hace sentir como inquilinos que tienen que pagar un “derecho de piso”, sin derecho a la felicidad, al goce. Y vale decir, así no se puede vivir, sino sólo sobrevivir.

Por otro lado, es fácil amar a los hijos y a las hijas cuando están en sus mejores momentos. En realidad, el amor incondicional se pone en juego cuando están en sus peores momentos: malhumorados, rebeldes, irritables, necios, intransigentes.

Dice Prekop: “deseo que llegue el día en que traigas puras malas notas a casa para que te des cuenta que te amo así como eres”. Cuando conseguimos tal cosa transmitimos un mensaje que fortalece: “te amo no por lo que haces, ni por los resultados que das, tampoco por poner en alto nuestro apellido, te amo simplemente porque eres mi hijo”.

La aceptación de su persona tal y como es, abona a la construcción paulatina de una autoimagen positiva: “porque mis padres me quieren con todas mis características, con mis imperfecciones, con lo buen y con lo malo, con mis aciertos y desaciertos, con mis fortalezas y debilidades, me quiero a mí mismo”.

Un adulto que se respeta a sí mismo, que está satisfecho con lo que es, guarda en su corazón un recuerdo de unos padres, familiares o tutores que fueron capaces de amarle sólo por ser humano. 

¿Cómo crees que tus hijos te recordarán el día de mañana? Deseo amoroso. Por ti, por ellos, por nuestra sociedad.

 

 

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